Alberto Ajaka por Daniel Gaguine

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(Nota publicada en la Revista Elixir)

Dueño de una personalidad arrolladora, Alberto Ajaka saltó del teatro para instalarse en la televisión pero sin olvidar nunca sus raíces. Mientras forma parte de Los ricos no piden permiso, fue protagonista de Juan Moreira en el Teatro Cervantes. Amante del rock, dylaniano de pura cepa y fan de Ricardo Bochini, Ajaka da su particular y riquísimo punto de vista sobre el teatro, la televisión y los medios.

-Alberto, ¿Cómo viene Los ricos no piden permiso?

-Bien, tengo entendido que bien. El público responde, lo cual es muy importante en términos comerciales, que no son parte de mi métier. No soy un socio de ese club, sino que soy un empleado… pero anda muy bien. Es una apuesta grande a un género ligado al culebrón, a la novela más clásica argentina, con algunas vueltas al respecto. El elenco tiene una coralidad tal vez diferente al género más tradicional de la telenovela.

-¿Cómo definís a Hugo “Negro” Funes, tu personaje? ¿Tiene algo de bondad?

-Es un gaucho ladino. Eso me cae simpático porque se aleja del “gauchito bueno”. Es un hombre que está tratando de escalar en todo sentido. Tiene un cierto afecto ,en particular con su prima-amada, que es el personaje de Malena Solda. Si bien tiene una devoción por ella, no le importa mucho todo lo demás. Habría que hilar muy fino con respecto a la bondad o lo que sería el don de gente, que está muy ligado al gaucho. Uno dice “te hago una gauchada” y “es un tipo gaucho” significa que es un tipo noble. En ese sentido, la televisión y el relato televisivo tienden a estereotipar. Por eso, me resulta divertido que sea ladino, sin que tenga que pensar que carece de bondad o don de gente. Esta depende de cada situación y no es una condición per sé. Funes es un tipo duro, con los dientes apretados, que muestra su don de gente con determinadas personas. Algo no muy alejado de lo que pasa en la vida. Uno no es bueno con todo el mundo. Se podrá tener buenos modales pero eso no implica ser bondadoso.

-¿Te sorprendió la competencia que se estableció entre Los ricos… y La Leona?

-No me interesa en lo más mínimo. Me interesa que la tira ande bien porque es trabajo para todos pero esa competencia no tiene nada que ver conmigo. No puedo más que expresar el deseo de que a todos les vaya bárbaro. Acá nos encanta dividirnos de un bando o del otro. Son dos programas de televisión. Cada uno tiene una mirada estética. El actor es un laburante que va y hace su laburo lo mejor que puede.

-Con La Leona y Los ricos… ¿hay una vuelta al melodrama?

-De La Leona no puedo opinar porque no vi nada pero sí de Los ricos..., que es un melodrama bastante clásico. Por temperatura e imagen podría ligarse un poco a Herederos de una venganza, una producción de no hace mucho tiempo atrás. No creo que haya una novedad pero sí creo que la aparición de las novelas turcas, brasileñas, coreanas y su buena repercusión en el encendido debe haber llevado a girar  la historia hacia estos lugares.

-¿Por qué creés que se dio este boom de las novelas turcas, brasileñas y demás en detrimento de, por ejemplo, las series norteamericanas?

-En principio por una cuestión de conectividad relacionada con el acceso al cable. La televisión abierta sigue siendo accesible para las clases más bajas, pero si tenés conectividad y podés pagar una plataforma como Netflix es probable que ni la mires. Eso lo sabrán mejor los cráneos formadores de tendencia. Cuanto más oferta tenés porque la podés pagar, te corrés de la posibilidad de mirar otras cosas. También está TDA, por supuesto. Pero poder mirar por demanda –cosa que la televisión abierta no permite- es una diferencia importante porque hoy los tiempos de las personas no están organizados en torno a la cena y al aparato televisivo. Ahora los niños tienen su conexión propia con una tableta que compra muchísima gente. Eso hace que no sea necesario que la familia se tenga que reunir alrededor del televisor. Me acuerdo que, cuando era chico, comíamos mientras mirábamos Grandes valores del tango, porque a mi viejo le gustaba y no podíamos ver La familia Ingalls. Había un solo aparato en casa, por lo cual cuando llegaba mi padre luego de laburar todo el día se veía lo que él quería. No había control remoto y los canales se cambiaban con la perilla de arriba. El control remoto permitió que se cambiaran los canales rápidamente. En un punto, le agradezco a mi viejo haber visto Grandes valores del tango y no La famila Ingalls pero al día siguiente, en el colegio, todos habían visto a serie norteamericana. Mi padre era más grande que la media y tanguero. Ahora mi hijo tiene una tablet, pero cuando nos sentamos a comer no hay televisión. También puede aprender con algunas series que están buenísimas, como la coreana Larva. Esto está en Netflix pero lo pone cuando quiere en la tablet o los padres lo dejamos. La serie está ahí y no hay que esperar a que llegue una determinada hora. Pero todo esto está relacionado con el acceso, el que tiene TDA o la televisión abierta…

-Ahí es donde aparecen las novelas de las que estamos hablando.

– Claro. No puedo entender que estén mal dobladas. Puede ser que lo exótico atraiga pero no se entienden las malas traducciones.

-¿Cómo estuvo el reestreno de Juan Moreira en el Teatro Cervantes?

-Muy bien. La reestrenamos a mediados de febrero. Hicimos una buena cantidad de funciones y tuvo recepción del público. Quedamos muy contentos.

-¿Te costó meterte en la piel de un personaje como Juan Moreira?

-En Principio, para desmitificar un poco me baso en el trabajo. En realidad, el Moreira no es nada si alrededor no va a ocurrir teatro. Uno podría decir que corre teatro por el encuentro de las personas. El Moreira es un personaje literario que está ahí. Luego está la literatura de Gutiérrez, de los Podestá y la película de Favio, además de tantas otras cosas. La versión que hacemos es la de los Podestá, con dirección de Claudio Gallardou. En sí mismo es un texto muerto. Solo hay que esperar que alguien lo sople y le dé vida.

Después, es divertidísimo hacerlo. La obra tiene el carácter de tragedia gauchesca. Es breve en su textualidad pero remite a cierta zona shakespereana. A la vez, es una obra sobre el nombre. “Yo soy Juan Moreira”, con una cuestión identitaria muy fuerte. En ese sentido, propone un cruce más sencillo y simple, con menos sofisticación y cantidad de lenguaje que una tragedia shakespereana, pero con la misma fuerza, que es lo único que puede interesar en el teatro. Personalmente me interesan más las ideas que derivan más del teatro que de la literatura. Al ser tan sencillo y tan poco -y repetitivo- el texto te pone en la puerta de un pensamiento más teatral: ¿cómo ataco estas fuerzas y estas situaciones? La puesta está organizada casi en forma de estampita de Molina Campos, junto con la épica gauchesca.

-Hay mucho mito respecto con a Juan Moreira.

– Hay mito con todo. “Ojo con esto, ojo con aquello”, “¡Nooo! ¿Cómo vas a hacer a fulano?”. Ni hablemos de Ibsen, Beckett, Chéjov o Shakespeare por su carga simbólica. Así no podemos hacer nada, solamente Más pinas que las gallutas. A mí no me importan estas cosas. Me han dejado de importar en tanto a los solemnes sí les importan. Me interesa el teatro que estoy haciendo. Mi única lealtad es con Ricardo Enrique Bochini. Lo demás no me importa nada. Es mi único héroe en este lío.

-¿Cómo te cae el mote de “galán”? Ganó un concurso en un famoso portal.

-¡Cierto! Parece que pasó hace diez años ya.No sé cómo salió todo. Si a la gente le gustó y se identificó con el personaje está bien. Igual, el pensamiento pasa por otro lado, más que por una condición a priori, si no Belmondo no sería “galán”. D´onofrio, en Guapas, fue un personaje que lo laburamos y terminó pegando por un lado que no se esperaba. A veces se resuelve desde una mirada más compleja del público. Le gusta tal personaje porque es así o es asá, más allá de un mote.

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-Estuviste de presentador del ciclo La trama laboral, de Canal Encuentro.

– Sí. Me llamaron y les pareció que estaba bien que hiciera eso. Fue una semana de laburo. Estuvo divertido hacerlo, aunque no sea lo que yo hago. Me gustaba el ciclo y ya lo conocía. Muy lindos films, que es lo que realmente importa. Lo mío era hacer los copetes de las películas y las presentaciones de una página, con un cierre de dos párrafos.

-¿Vas a reestrenar tu obra El hambre de los artistas que hiciste el año pasado en el Teatro Sarmiento?

– No. Es dificilísimo para nosotros hacerlo en otro lado. No hay teatro que nos reciba con semejante escenografía. Nos quedaremos con las ganas de hacerla. De haber tenido la posibilidad la hubiésemos seguido haciendo pero también es cierto que para la compañía fue una experiencia breve pero intensa en cantidad de funciones. Al menos con respecto a los últimos espectáculos que hicimos como 150 presentaciones. Ahora fueron casi la mitad. Se tornaba un tanto quijotesco intentar un reestreno. Mi energía y la de la companía necesitan pensar hacia adelante. Ahora estamos con Pie de Monte, de Thomas Arzt, que estrenamos para el Festival de Dramaturgia América-Europa, en junio. Por lo pronto estamos con este compromiso. Mientras tanto empezamos a investigar algunas cuestiones para una obra que está en pañales y será el próximo paso del Colectivo Escalada.

-¿Hay que ser selectivo al aceptar los trabajos o conviene mantener siempre una visibilidad?

– No lo sé. Trabajo por las ganas en la medida de lo posible. Lo mejor es que sea un laburo que te guste hacer y te dé plata pero no sé cómo es la fórmula al respecto. En mi caso vivo una vida austera y siempre tengo que laburar. No conozco actores millonarios. Sí hay algunos que están muy bien pero no son millonarios. Hay actores que alquilan y tienen que trabajar. El ámbito de laburo acá es lábil. Le dijiste a que sí a algo entre cuatro opciones, después no se da y te quedás en “Pampa y la vía” de manera literal. Es muy complejo todo. Para elegir tenés que decirle que no a muchas cosas. Personalmente me manejo mucho por las ganas. Por eso, sigo con el Colectivo Escalada aunque se complique el tiempo. No es mucho lo que necesito para vivir y no corro detrás de la guita.

-¿Te arrepentís de algún “no”?

-No. Me pasó de arrepentirme de algún “sí”.

-¿Vas a estrenar alguna película este año?

-Hice una en noviembre con unos chicos de Santa Fe que tiene el título tentativo de Invierno. Es de Arturo Castro Godoy y supongo que se estrenará este año. Es la historia de un padre, mi personaje, y un hijo. El chico va en busca de su padre desconocido. La hicimos con una cooperativa llamada Mucha Siesta y el guion también es de Castro Godoy. Fue una muy linda experiencia.

-¿Qué música escucha Alberto Ajaka?

-Soy muy ecléctico y un oyente desordenado. Escucho la que se denomina música “culta”, como la ópera, pero también mucho rock, tango y folklore, no tanto jazz pero depende de la época. Me gustan los tangueros más que los crooners en eso de la música ligada al decir. En rock me gusta desde Motörhead, Iorio y Natas hasta Michael Jackson. Curtía la calle con los Clash, los Ramones y el punk. Me gusta mucho Dylan. Ahora estoy obsesionado con su canción Jokerman. Me obsesiono si me gusta una canción. Puedo estar meses con ese tema.

-¿Te gusta el fútbol?

-Iba a la cancha pero ahora no. No coincido con nada del folklore del fútbol, de tanto insulto y violencia hacia el otro. Soy hincha de Independiente y volveré dentro de poco porque mi hijo ya me lo está pidiendo. Haremos la experiencia este torneo pero como una excursión. Querría que puedan ir locales y visitantes sin que se maten a golpes. De chico jugaba al básquet, por lo que me coincidían los horarios de partido. Igual miraba mucho por tele y escuchaba por radio. Sabía las formaciones, los jugadores, los suplentes. Hoy miro pero no me amargo tanto. Antes me enojaba mucho pero también tenía que ver con el ambiente de colegio. Igual a mí me agarró una muy buena época. Disfruté la última época de ese Chaplin del fútbol que teníamos. El personaje de Bochini me fascina por lo chaplinesco y antihéroe que es.

-¿Tus lecturas favoritas?

-Leo bastante variado. Mucho autor argentino. Leo poesía contemporánea argentina y ensayos de cualquier cosa: política, filosofía, teatro. Leo mucho de internet. Casi todos los días me pierdo en alguna lectura con un artículo largo sobre cualquier tema y asunto.

-¿Mirás cine?

-No mucho. Me enganché con series desde que tengo Netflix pero no con las más conocidas. Vi Lilyhammer con Steven Van Zandt, el guitarrista de Springsteen, Hinterland, Corleone o Narcos, una producción de Netflix que está muy buena. Miro bastantes documentales, en especial de música.

-¿Sos es de mirarte en tus trabajos?

– Sí, trato de mirar si hice algún desastre pero no soy de darme con un garrote. En un programa diario vivirías torturado si te matás con tu evaluación. Voy con las herramientas que tengo a hacer lo mío. Después lo cortan, editan, le ponen música y eligen el plano.

-¿Creés que autor extranjero mata autor nacional a nivel teatral?

-Ahora estoy trabajando en el Cervantes donde todos los autores son nacionales. No me preocupa la dinámica del teatro comercial. Eventualmente trabajaré pero no es una dinámica que sea parte de mi preocupación. El año pasado tuvo record de público el Cervantes porque está con muy buena programación y funciona con entradas supereconómicas. No se puede competir con la calle Corrientes, no por la calidad del espectáculo sino en términos de difusión. Hay espectáculos que tienen pautas publicitarias en todos lados, son lugares establecidos donde la gente ya entra para ver algo sobre lo que está informada. Lo mejor que puede hacerse es correrse de eso y pensar si la obra funciona o no. Juan Moreira funcionó muy bien y la gente se iba contenta. Se hizo en la sala grande y fue una fiesta. Lo demás….se verá.  

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