32 Fiesta Nacional del Teatro por Mónica Berman

32 Fiesta Nacional del Teatro. Mendoza.

Una fiesta es muchas cosas. Pero muchas. Las perspectivas, los puntos de vista, las dimensiones que se ponen en juego son de una variedad casi incalculable. Para tener una visión cercana a los acontecimientos habría que poner en juego las miradas de todos: los funcionarios, los organizadores, los jurados, los periodistas, los críticos, los elencos, los técnicos de la ciudad anfitriona, los que venden las entradas,  los espectadores vernáculos… Y ni siquiera así se obtendría la descripción del acontecimiento.

La fiesta es la función en la plaza, el camino al teatro guiados por el fuego, la magnífica intervención de las guitarras en el hall del Teatro Independencia. Los silencios y las telas extendidas con protestas de los artistas mendocinos contra su responsable de cultura. Dos actores mendocinos-faro  dirigiéndose al público y despertando empatía y admiración. Y las puestas en escena que se sucedieron día tras día. Desde acá podría nombrarse la larga lista de obras con sus largas listas de intérpretes, directores y técnicos, con sus respectivos lugares de origen. Para eso alcanza observar la programación que se puso en juego, resultado de las fiestas provinciales. Los jurados eligen entre las obras que se presentan y quedan seleccionadas para participar en el Nacional.  No es posible entrar en detalle pero sí hablar de panoramas. En cada obra aparece algo de la coyuntura del lugar y del tiempo del que vienen. No hay ninguna clase de homogeneidad entre los espectáculos. Eso es casi una verdad de Perogrullo. Pero en ocasiones es un gesto positivo el señalarlo (cuando una región “copia” a otra que considera con mayor legitimidad suelen aparecer ciertos malentendidos). El panorama es, sin duda, rico e interesante. Pero también necesariamente arbitrario. No solo porque se presentan algunas propuestas y no todo lo que se produce (sigamos con las verdades de Perogrullo) sino también porque los jurados luego eligen entre lo que se presenta.  Los filtros, entonces, se multiplican. En ocasiones dan por resultado objetos fabulosos, en otras ocasiones no. Y las capas se siguen superponiendo: muchas veces ciertos lugares deciden poner obra de un dramaturgo de otro lugar o recurrir a un director de otra zona. ¿Hasta qué punto el teatro de un sitio no es simplemente el teatro que se hace en ese sitio? ¿por qué reclamarle “identidad”? como si pudiera decirse en qué consiste. ¿Cuál es la “identidad” de Buenos Aires me pregunto yo, que vivo en Buenos Aires?  A veces el riesgo está en asumir la propia escritura, a veces está en sostenerse en la escritura de los otros. Todas variables posibles. ¿Quién tiene derecho a decir qué es lo que tienen o no tienen que hacer los artistas?  Preguntas que surgen de haber participado los encuentros, en los cruces, en los diálogos de cada uno de los días compartidos.

Pocas cosas tan geniales como la posibilidad de que los elencos se encuentren. En ocasiones diversas: viendo lo que hacen los colegas artistas, en los almuerzos, las cenas y los viajes, en los espacios de devolución. Verse, pensarse, observarse en el espejo del otro. Y escuchar lo que el otro tiene para decir.

Y pasa algo equivalente con ese conjunto de espectadores “particulares” que constituyen los jurados, los periodistas y los críticos. Las miradas, los discursos, las apreciaciones pueden encontrar puntos de coincidencia o disentir absolutamente. Tienen (bueno, tenemos, debería usar la primera del plural)  una mirada entrenada pero los discursos son tan diversos como las puestas de los distintos lugares. De nuevo, lo que entra en juego para el análisis, la opinión, el recorte es de una variedad inefable: desde conocer toda la trayectoria de una compañía y reclamar un espectáculo en cierta dirección, como enfrentarse por primera vez a un grupo con más de 20 años de constituido. ¿Debería haber alguna diferencia? El conocimiento previo ¿modifica la perspectiva? ¿debería cambiar el punto de vista?  Dudas imposibles de resolver. Tal vez una sola afirmación para hacer y que tiene que ver con el lenguaje. La devolución tiene a los artistas como interlocutores privilegiados por lo tanto hay que establecer un diálogo con ellos (es cierto que a veces no responden pero si no lo hacen que no sea porque se quedaron  afuera  a causa de  un discurso tan hermético-académico que solo dialoga consigo mismo).

El espacio es profundamente rico y el aprendizaje, necesariamente, es mutuo. Pocos encuentros tan enriquecedores como este espacio de devolución que permite el cruce. Un jurado decía que hay que encontrar un equilibrio entre reconocer la coyuntura y no abandonar la capacidad de análisis, creo que ésa es la clave.

Además de obras y de encuentros diversos, la fiesta tiene un lugar para los homenajes. Uno a nivel nacional y otros representando a las regiones.  Además un homenaje a los colectivos: nacional y regionales. Mendoza fue testigo de la emoción, la referencia constante a que el teatro es un hecho colectivo, el rasgo de resistencia que apareció en las palabras de todos y de cada uno, fue uno de los acontecimientos más esperanzadores y emotivos.

Hubo también un espacio para los libros y las revistas: el INT rediseñó sus libros y revistas que quedaron bellísimos y en el lanzamiento prestaron sus palabras dos autores ganadores que fueron publicados. Hubo también un espacio para las editoriales independientes de teatro.

No pasa todo el teatro del país por la fiesta, sería materialmente imposible. Pero el INT goza de empuje para seguir proponiendo encuentros, único modo posible de avanzar incesantemente y de crecer y de continuar discutiendo y consensuando políticas culturales.